Potencia divina y “dispensatio”

Según Hilario, la misión de Cristo ha sido dar a conocer a Dios y hacer comprender su nombre y potestad, enseñando que hay que amarlo sobre todas las cosas. El cumplimiento de esta misión supone la dispensación gradual o por pasos de los bienes que ella implica: los profetas, la encarnación, los milagros, etc. En este proceso, que viene llamado precisamente dispensación, la asunción de la humanidad por parte del Hijo de Dios es el elementoesencial. De ahí que las expresiones de Cristo deban entenderse según se refieran a la dispensación o la su potes tad divina. Todos los pasos del proceso suponen la constante intervención de dicha potestad ya desde el Antiguo Testamento y conducen a la construcción para Dios de una ciudad santa. Solamente la potestad divina del Hijo puede llevar a cabo la dispensación así entendida. Por eso, el problema de la herejía radica ante todo en la desvinculación de la obra salvadora y de la fuerza de Dios. Toda la vida de Jesús, en este sentido, es fuerza de Dios, incluida la cruz.
El Hijo, por su fuerza divina, puede comenzar a ser hombre sin dejar de ser Dios. La vinculación entre el obrar temporal y su generación y fuerza eternas viene atestiguada por el mismo Jesús, consciente de su fuerza imperturbable. La clave está en los dos componentes de Cristo, el hombre asumido (naturaleza humana de Cristo), por sí misma débil, y la naturaleza y fuerza de Dios.
Cristo por su nacimiento eterno posee una potestad congénita que le permite dar la vida a toda carne, lo cual se realiza por la suma dispensación, que consiste en que el Hijo como hombre y como Dios llega a la unidad divina no sólo restableciendo la unidad que por causa de la dispensación ya no estaba completa, sino añadiéndole su humanidad. En el proceso de la dispensación Cristo se despoja de la gloria, pero no de su naturaleza ni de su fuerza, sin cuya persistencia la misma dispensación no podría llevarse a cabo.
Por esta razón, durante la vida terrena de Cristo la naturaleza divina ejercitaba su potestad con los milagros en el modo de existir de la condición humilde asumida. Asimismo, la fuerza de la naturaleza implicaba el conocimiento de todas las cosas, incluso de las futuras y, más aún, de los mismos pensamientos del Padre, a causa de la unidad de naturaleza y voluntad de ambos. Cuando Cristo decía no saber algo, era simplemente porque
adoptaba la forma de hablar de los hombres para no dar a conocer inoportunamente algunas cosas.
Ciertamente, para Hilario, el Padre es mayor que el Hijo en cuanto al nacimiento eterno y a la petición de la gloria para la humanidad asumida, pero el Hijo no es menor porque su naturaleza es divina y porque recupera la gloria. Que el Hijo tenga un Señor se entiende también según la dispensación, es decir, tiene a Dios como Señor en cuanto a la forma de siervo que ha asumido.
El término del proceso de la dispensación ha sido completado ya en
Jesucristo, pues su naturaleza humana ha sido llevada a la gloria y la mortalidad ha sido absorbida por la inmortalidad. Para el resto de los hombres en cambio, es necesario todavía esperar la plenitud.

LA GENERACIÓN DEL HIJO, FUERZA Y SABIDURÍA DEL PADRE

Para san Hilario de Poitiers, Jesucristo es la Sabiduría eficiente en sí misma, es decir, fuerza y potestad, cuyo origen es el Padre-Sabiduría. Siendo Sabiduría de Sabiduría (Sapientia ex Sapientia) su potestad es la potestad divina. La unidad de naturaleza de ambos en virtud de la generación eterna significa necesariamente que la fuerza y potestad del Hijo son la fuerza y potestad del Padre. En quien proviene de David se contiene entonces la sustancia de la eterna fuerza, lo cual puede expresarse diciendo que Dios permanece en Jesucristo.

La enseñanza de la majestad del Padre y del Hijo y la igualdad de su potestad es una enseñanza que la Iglesia recibió del mismo Jesucristo. Ciertamente el Padre dio al Hijo todo lo suyo por medio de su amor y su fuerza y, aunque nada es comparable con el Padre en cuanto no-engendrado, tampoco es posible ni en el tiempo ni en la fuerza separar de él al unigénito. Ahora bien, el Padre y el Hijo poseen una autoría común respecto a las cosas creadas porque la condición de inengendrado propia del Padre no se contrapone a que sus atributos sean compartidos por el Hijo. Esto se explica porque el Padre es fuerza no nacida y el Hijo, en cambio, fuerza engendrada y nacida en la trascendente infinitud divina. De ahí que si el Hijo desempeña en la creación una función mediadora no simplemente instrumental sino cabalmente eficiente, es porque no existe entre el Padre y el Hijo diferencia de fuerza, aunque uno no sea el otro.

La Escritura demuestra la verdad de la doctrina de la Iglesia en Gen 16, 10; 19, 24 ss. y Sal 44 (45), 7 ss . En estos pasos se vincula la verdad de la divinidad del Hijo con la fuerza de su naturaleza porque es dicha fuerza la que muestra que el Hijo es Dios verdadero. Sin embargo, a final de cuentas, solamente el Padre y su unigénito conocen la explicación de su omnipotencia y se debe sostener que el Padre y el Hijo son verdaderamente tales. Además debe notarse que la fuerza divina es fuerza de la Verdad. Así, el Hijo es la Palabra que viene del Padre como Hijo propio, y es sabiduría y fuerza de Dios no como si fuera una potestad interna del Padre sino por la naturaleza que posee. Si, por otro lado no puede hacer nada por sí, se muestra con esto tan sólo que él Hijo no es el no-nacido, pero de ninguna manera que sea débil.

La clave de este tema está en el hecho de que para engendrar la potestad, el Padre no alienó su naturaleza. El nacimiento del Hijo se debe a la fuerza divina y, a su vez, lo que nace del Padre no puede ser sino fuerza divina como se manifestó en la vida de Cristo, en quien se debe reconocer a Dios por la fuerza de su naturaleza divina, la cual detenta como imagen viviente del Padre. Jesucristo es señor de la majestad y Rey de los siglos, pues si fuera débil ya no sería imagen del Padre.

La Potestad infinita de Dios

Cuando recitamos el credo, comenzamos diciendo que creemos en un solo Dios todopoderoso. Lo que esto significa lo podemos profundizar atendiendo la enseñanza de san Hilario de Poitiers. En este artículo propongo un resumen de su teología al respecto.

El Doctor de Poitiers, partiendo de un dato filosófico y escriturístico, afirma como premisa básica de su pensamiento que Dios es uno y simple, que ser es lo propio suyo y que en él ha de venerarse ante todo su ser potente y eterno, en el que no cabe distinguir algo más fuerte y algo más débil. La potestad divina es perpetua e infinita, abarca todas las cosas y se ejerce plenamente en la naturaleza de ellas, tanto interior como exteriormente. Dios, fuerza y potestad viviente está en todas partes. Desgraciadamente los herejes se apartan de la verdad porque no han sabido comprender que la poderosa naturaleza de Dios no está sujeta a los límites que conciben sus mentes.

El despliegue de la potestad infinita no se realiza, sin embargo, como si
Dios fuese una unidad indiferenciada, ya que Dios Padre es el principio (ex
quo) de donde vienen a la existencia las cosas, por medio de Jesucristo (per quem), con el Espíritu Santo, don en todas ellas. Aunque en la creación al Hijo le corresponde la mediación, su causalidad es igual a la del Padre, de modo que la diferencia con él no está en la naturaleza de la potestad, sino en que la potestad del Unigénito proviene, precisamente, del Padre.

La fuerza y la potestad necesariamente se predican de Dios por el simple
hecho de ser Dios. La divinidad y el señorío pertenecen tanto al Padre como al Hijo, porque la potestad de Dios y la del Señor Jesucristo no pueden concebirse como cosas distintas. Al referirse al Padre y al Hijo, las
expresiones ex quo y per quem suponen la unidad de ambos y su igualdad en la eficiencia y, a la vez, dejan ver que la potestad infinita no reside en un ser solitario.

La fuerza necesariamente pertenece a su naturaleza de Dios, su potestad es anterior a todo y hace lo que quiere en todas partes. Sólo a él se le puede
atribuir esta potestad que da subsistencia a todo y que es la razón por la que se alaban sus obras. Los hombres, en cambio, estamos sujetos a la debilidad corporal y a la condición pecadora; hemos de reconocer y alabar la potestad infinita. Esta alabanza significa además de la admiración de la magnificencia, la conciencia de que Dios, por su santidad, ha usado su potestad en favor nuestro como sus beneficiarios. Él es justo y misericordioso, rey que se compadece y perdona, lo cual no obsta a que, la santidad deba producir al hombre también un cierto terror, a saber, el suave terror que evita restarle importancia a la diferencia entre el bien y el mal, so pretexto de que Dios es bueno.

Siendo el hombre débil, el fin último, es decir la permanencia eterna en el
Reino escatológico, sólo puede ser proporcionado a la potencia infinita de
Dios y supone, por necesidad, un mandato divino (praeceptum) específico que haga permanecer las cosas a ello destinadas porque es sólo la fuerza eterna la que les puede conceder la eternidad.

Predicación apostólica y Tradición I (Resumiendo el Catecismo)

Por ahora no es mi interés considerar las fuentes y otras implicaciones del texto, sino simplemente “hacer un resumen” que sirva para captar a qué se refiere el Catecismo cuando habla de la Tradición. El catecismo de la Iglesia Catolica trata el tema en el artículo 2 del segundo capítulo de la primera sección, es decir, antes de entrar a la explicación del Credo. Vamos viendo el primer número:

Deus « omnes homines vult salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire » (1 Tim 2,4), id est, Christi Iesu. Oportet igitur ut Christus omnibus populis omnibusque annuntietur hominibus atque sic Revelatio usque ad terrae perveniat extrema.

« Quae Deus ad salutem cunctarum gentium revelaverat, eadem benignissime disposuit ut in aevum integra permanerent omnibusque generationibus transmitterentur ».

(Catechismus… 74)

En este número todavía no se menciona la Tradición, sino un poco más adelante, pero hay que ir paso por paso. La finalidad del anuncio de Cristo, se nos dice aquí es que la Revelatio usque ad terrae perveniat extrema. Puede decirse que se necesita anunciar a Cristo para que la Revelación llegue a todos.

El siguiente número dice:

« Christus Dominus, in quo summi Dei tota Revelatio consummatur, mandatum dedit Apostolis ut Evangelium, quod promissum ante per Prophetas Ipse adimplevit et proprio ore promulgavit, tamquam fontem omnis et salutaris veritatis et morum disciplinae omnibus praedicarent, eis dona divina communicantes ».

(Catechismus… 75)

Podemos resumir así: Cristus mandatum dedit Apostolis ut Evangelium praedicarent, eis dona comunicantes. Cristo dio mandato a sus apóstoles para que predicaran el Evangelio comunicando sus dones.

Pasamos al siguiente:

Secundum Domini mandatum, Evangelii transmissio duobus est effecta modis:

— Ore tenus « ab Apostolis, qui in praedicatione orali, exemplis et institutionibus ea tradiderunt quae sive ex ore, conversatione et operibus Christi acceperant, sive a Spiritu Sancto suggerente didicerant »;

— Scripto « ab illis Apostolis virisque apostolicis, qui, sub inspiratione Eiusdem Spiritus Sancti, nuntium salutis scriptis mandaverunt »

(Catechismus… 76)

Esto es: Evangelii transmissio duobus est effecta modis: 1) ore, 2) scripto. La trasmisión del Evangelio se hace de dos maneras: 1) de palabra, 2) por escrito.

Se pasa entonces al papel de los obispos:

« Ut autem Evangelium integrum et vivum iugiter in Ecclesia servaretur, Apostoli successores reliquerunt Episcopos, ipsis “suum ipsorum locum magisterii tradentes” ». Re quidem vera, « praedicatio apostolica, quae in inspiratis libris speciali modo exprimitur, continua successione usque ad consummationem temporum conservari debebat ».

(Catechismus… 77)

Ut Evangelium servaretur, Apostoli successores reliquerunt Episcopos. En efecto, la praedicatio apostolica usque ad consummationem temporum conservari debebat. Para conservar el Evangelio, los apóstoles dejaron sucesores obispos, pues la predicación apostólica se debía conservar. Se puede notar la correspondencia Evangelio-predicación apostólica.

Hay que relacionar esto con la Escritura:

Haec viva transmissio, in Spiritu Sancto peracta, quatenus distincta a sacra Scriptura, licet arcte cum ea coniuncta, Traditio appellatur. Per eam « Ecclesia, in sua doctrina, vita et cultu, perpetuat cunctisque generationibus transmittit omne quod ipsa est, omne quod credit ». « Sanctorum Patrum dicta huius Traditionis vivificam testificantur praesentiam, cuius divitiae in praxim vitamque credentis et orantis Ecclesiae transfunduntur ».

(Catechismus… 78)

Esta es la parte donde se ofrecen más elementos para la definición. Así, tenemos que haec transmissio, distincta a sacra Scriptura, Traditio appellatur. Se añade también que per eam Ecclesia perpetuat atque transmittit omne quod ipsa est et credit. Además se indica que Sanctorum Patrum dicta Traditionis praesentiam testificantur. La transmisión (de la predicación apostólica) distinta de la Sagrada Escritura se llama Tradición,  por la que la Iglesia transmite lo que es y lo que cree. La presencia de la Tradición la atestiguan los dichos de los Santos Padres.

Se concluyen estos párrafosde este modo:

Sic communicatio Sui Ipsius, quam Pater per Suum Verbum in Spiritu Sancto effecit, praesens atque activa permanet in Ecclesia: « Deus, qui olim locutus est, sine intermissione cum dilecti Filii Sui Sponsa colloquitur et Spiritus Sanctus, per quem viva vox Evangelii in Ecclesia, et per ipsam in mundo resonat, credentes in omnem veritatem inducit, verbumque Christi in eis abundanter inhabitare facit ».

(Catechismus… 79)

Sic comunicatio Sui Ipsius… permanet in Ecclesia. De este modo, la comunicación de sí Mismo (del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo) permanece en la Iglesia.

Uniendo los elementos de nuestro resumen leemos:

Se necesita anunciar a Cristo para que la Revelación llegue a todos. Así, Él dio mandato a sus apóstoles para que predicaran el Evangelio comunicando sus dones. La trasmisión del Evangelio se hace de dos maneras: 1) de palabra y 2) por escrito. Ahora bien, para conservar el Evangelio (contenido en la predicación apostólica) los apóstoles dejaron sucesores obispos. La transmisión de la predicación apostólica distinta de la Sagrada Escritura se llama Tradición y por ella la Iglesia transmite lo que es y lo que cree. La presencia de la Tradición la atestiguan los dichos de los Santos Padres. De este modo, la comunicación de sí Mismo (del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo) permanece en la Iglesia.