La Potestad infinita de Dios

Cuando recitamos el credo, comenzamos diciendo que creemos en un solo Dios todopoderoso. Lo que esto significa lo podemos profundizar atendiendo la enseñanza de san Hilario de Poitiers. En este artículo propongo un resumen de su teología al respecto.

El Doctor de Poitiers, partiendo de un dato filosófico y escriturístico, afirma como premisa básica de su pensamiento que Dios es uno y simple, que ser es lo propio suyo y que en él ha de venerarse ante todo su ser potente y eterno, en el que no cabe distinguir algo más fuerte y algo más débil. La potestad divina es perpetua e infinita, abarca todas las cosas y se ejerce plenamente en la naturaleza de ellas, tanto interior como exteriormente. Dios, fuerza y potestad viviente está en todas partes. Desgraciadamente los herejes se apartan de la verdad porque no han sabido comprender que la poderosa naturaleza de Dios no está sujeta a los límites que conciben sus mentes.

El despliegue de la potestad infinita no se realiza, sin embargo, como si
Dios fuese una unidad indiferenciada, ya que Dios Padre es el principio (ex
quo) de donde vienen a la existencia las cosas, por medio de Jesucristo (per quem), con el Espíritu Santo, don en todas ellas. Aunque en la creación al Hijo le corresponde la mediación, su causalidad es igual a la del Padre, de modo que la diferencia con él no está en la naturaleza de la potestad, sino en que la potestad del Unigénito proviene, precisamente, del Padre.

La fuerza y la potestad necesariamente se predican de Dios por el simple
hecho de ser Dios. La divinidad y el señorío pertenecen tanto al Padre como al Hijo, porque la potestad de Dios y la del Señor Jesucristo no pueden concebirse como cosas distintas. Al referirse al Padre y al Hijo, las
expresiones ex quo y per quem suponen la unidad de ambos y su igualdad en la eficiencia y, a la vez, dejan ver que la potestad infinita no reside en un ser solitario.

La fuerza necesariamente pertenece a su naturaleza de Dios, su potestad es anterior a todo y hace lo que quiere en todas partes. Sólo a él se le puede
atribuir esta potestad que da subsistencia a todo y que es la razón por la que se alaban sus obras. Los hombres, en cambio, estamos sujetos a la debilidad corporal y a la condición pecadora; hemos de reconocer y alabar la potestad infinita. Esta alabanza significa además de la admiración de la magnificencia, la conciencia de que Dios, por su santidad, ha usado su potestad en favor nuestro como sus beneficiarios. Él es justo y misericordioso, rey que se compadece y perdona, lo cual no obsta a que, la santidad deba producir al hombre también un cierto terror, a saber, el suave terror que evita restarle importancia a la diferencia entre el bien y el mal, so pretexto de que Dios es bueno.

Siendo el hombre débil, el fin último, es decir la permanencia eterna en el
Reino escatológico, sólo puede ser proporcionado a la potencia infinita de
Dios y supone, por necesidad, un mandato divino (praeceptum) específico que haga permanecer las cosas a ello destinadas porque es sólo la fuerza eterna la que les puede conceder la eternidad.

Predicación apostólica y Tradición I (Resumiendo el Catecismo)

Por ahora no es mi interés considerar las fuentes y otras implicaciones del texto, sino simplemente “hacer un resumen” que sirva para captar a qué se refiere el Catecismo cuando habla de la Tradición. El catecismo de la Iglesia Catolica trata el tema en el artículo 2 del segundo capítulo de la primera sección, es decir, antes de entrar a la explicación del Credo. Vamos viendo el primer número:

Deus « omnes homines vult salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire » (1 Tim 2,4), id est, Christi Iesu. Oportet igitur ut Christus omnibus populis omnibusque annuntietur hominibus atque sic Revelatio usque ad terrae perveniat extrema.

« Quae Deus ad salutem cunctarum gentium revelaverat, eadem benignissime disposuit ut in aevum integra permanerent omnibusque generationibus transmitterentur ».

(Catechismus… 74)

En este número todavía no se menciona la Tradición, sino un poco más adelante, pero hay que ir paso por paso. La finalidad del anuncio de Cristo, se nos dice aquí es que la Revelatio usque ad terrae perveniat extrema. Puede decirse que se necesita anunciar a Cristo para que la Revelación llegue a todos.

El siguiente número dice:

« Christus Dominus, in quo summi Dei tota Revelatio consummatur, mandatum dedit Apostolis ut Evangelium, quod promissum ante per Prophetas Ipse adimplevit et proprio ore promulgavit, tamquam fontem omnis et salutaris veritatis et morum disciplinae omnibus praedicarent, eis dona divina communicantes ».

(Catechismus… 75)

Podemos resumir así: Cristus mandatum dedit Apostolis ut Evangelium praedicarent, eis dona comunicantes. Cristo dio mandato a sus apóstoles para que predicaran el Evangelio comunicando sus dones.

Pasamos al siguiente:

Secundum Domini mandatum, Evangelii transmissio duobus est effecta modis:

— Ore tenus « ab Apostolis, qui in praedicatione orali, exemplis et institutionibus ea tradiderunt quae sive ex ore, conversatione et operibus Christi acceperant, sive a Spiritu Sancto suggerente didicerant »;

— Scripto « ab illis Apostolis virisque apostolicis, qui, sub inspiratione Eiusdem Spiritus Sancti, nuntium salutis scriptis mandaverunt »

(Catechismus… 76)

Esto es: Evangelii transmissio duobus est effecta modis: 1) ore, 2) scripto. La trasmisión del Evangelio se hace de dos maneras: 1) de palabra, 2) por escrito.

Se pasa entonces al papel de los obispos:

« Ut autem Evangelium integrum et vivum iugiter in Ecclesia servaretur, Apostoli successores reliquerunt Episcopos, ipsis “suum ipsorum locum magisterii tradentes” ». Re quidem vera, « praedicatio apostolica, quae in inspiratis libris speciali modo exprimitur, continua successione usque ad consummationem temporum conservari debebat ».

(Catechismus… 77)

Ut Evangelium servaretur, Apostoli successores reliquerunt Episcopos. En efecto, la praedicatio apostolica usque ad consummationem temporum conservari debebat. Para conservar el Evangelio, los apóstoles dejaron sucesores obispos, pues la predicación apostólica se debía conservar. Se puede notar la correspondencia Evangelio-predicación apostólica.

Hay que relacionar esto con la Escritura:

Haec viva transmissio, in Spiritu Sancto peracta, quatenus distincta a sacra Scriptura, licet arcte cum ea coniuncta, Traditio appellatur. Per eam « Ecclesia, in sua doctrina, vita et cultu, perpetuat cunctisque generationibus transmittit omne quod ipsa est, omne quod credit ». « Sanctorum Patrum dicta huius Traditionis vivificam testificantur praesentiam, cuius divitiae in praxim vitamque credentis et orantis Ecclesiae transfunduntur ».

(Catechismus… 78)

Esta es la parte donde se ofrecen más elementos para la definición. Así, tenemos que haec transmissio, distincta a sacra Scriptura, Traditio appellatur. Se añade también que per eam Ecclesia perpetuat atque transmittit omne quod ipsa est et credit. Además se indica que Sanctorum Patrum dicta Traditionis praesentiam testificantur. La transmisión (de la predicación apostólica) distinta de la Sagrada Escritura se llama Tradición,  por la que la Iglesia transmite lo que es y lo que cree. La presencia de la Tradición la atestiguan los dichos de los Santos Padres.

Se concluyen estos párrafosde este modo:

Sic communicatio Sui Ipsius, quam Pater per Suum Verbum in Spiritu Sancto effecit, praesens atque activa permanet in Ecclesia: « Deus, qui olim locutus est, sine intermissione cum dilecti Filii Sui Sponsa colloquitur et Spiritus Sanctus, per quem viva vox Evangelii in Ecclesia, et per ipsam in mundo resonat, credentes in omnem veritatem inducit, verbumque Christi in eis abundanter inhabitare facit ».

(Catechismus… 79)

Sic comunicatio Sui Ipsius… permanet in Ecclesia. De este modo, la comunicación de sí Mismo (del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo) permanece en la Iglesia.

Uniendo los elementos de nuestro resumen leemos:

Se necesita anunciar a Cristo para que la Revelación llegue a todos. Así, Él dio mandato a sus apóstoles para que predicaran el Evangelio comunicando sus dones. La trasmisión del Evangelio se hace de dos maneras: 1) de palabra y 2) por escrito. Ahora bien, para conservar el Evangelio (contenido en la predicación apostólica) los apóstoles dejaron sucesores obispos. La transmisión de la predicación apostólica distinta de la Sagrada Escritura se llama Tradición y por ella la Iglesia transmite lo que es y lo que cree. La presencia de la Tradición la atestiguan los dichos de los Santos Padres. De este modo, la comunicación de sí Mismo (del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo) permanece en la Iglesia.