LA GENERACIÓN DEL HIJO, FUERZA Y SABIDURÍA DEL PADRE

Para san Hilario de Poitiers, Jesucristo es la Sabiduría eficiente en sí misma, es decir, fuerza y potestad, cuyo origen es el Padre-Sabiduría. Siendo Sabiduría de Sabiduría (Sapientia ex Sapientia) su potestad es la potestad divina. La unidad de naturaleza de ambos en virtud de la generación eterna significa necesariamente que la fuerza y potestad del Hijo son la fuerza y potestad del Padre. En quien proviene de David se contiene entonces la sustancia de la eterna fuerza, lo cual puede expresarse diciendo que Dios permanece en Jesucristo.

La enseñanza de la majestad del Padre y del Hijo y la igualdad de su potestad es una enseñanza que la Iglesia recibió del mismo Jesucristo. Ciertamente el Padre dio al Hijo todo lo suyo por medio de su amor y su fuerza y, aunque nada es comparable con el Padre en cuanto no-engendrado, tampoco es posible ni en el tiempo ni en la fuerza separar de él al unigénito. Ahora bien, el Padre y el Hijo poseen una autoría común respecto a las cosas creadas porque la condición de inengendrado propia del Padre no se contrapone a que sus atributos sean compartidos por el Hijo. Esto se explica porque el Padre es fuerza no nacida y el Hijo, en cambio, fuerza engendrada y nacida en la trascendente infinitud divina. De ahí que si el Hijo desempeña en la creación una función mediadora no simplemente instrumental sino cabalmente eficiente, es porque no existe entre el Padre y el Hijo diferencia de fuerza, aunque uno no sea el otro.

La Escritura demuestra la verdad de la doctrina de la Iglesia en Gen 16, 10; 19, 24 ss. y Sal 44 (45), 7 ss . En estos pasos se vincula la verdad de la divinidad del Hijo con la fuerza de su naturaleza porque es dicha fuerza la que muestra que el Hijo es Dios verdadero. Sin embargo, a final de cuentas, solamente el Padre y su unigénito conocen la explicación de su omnipotencia y se debe sostener que el Padre y el Hijo son verdaderamente tales. Además debe notarse que la fuerza divina es fuerza de la Verdad. Así, el Hijo es la Palabra que viene del Padre como Hijo propio, y es sabiduría y fuerza de Dios no como si fuera una potestad interna del Padre sino por la naturaleza que posee. Si, por otro lado no puede hacer nada por sí, se muestra con esto tan sólo que él Hijo no es el no-nacido, pero de ninguna manera que sea débil.

La clave de este tema está en el hecho de que para engendrar la potestad, el Padre no alienó su naturaleza. El nacimiento del Hijo se debe a la fuerza divina y, a su vez, lo que nace del Padre no puede ser sino fuerza divina como se manifestó en la vida de Cristo, en quien se debe reconocer a Dios por la fuerza de su naturaleza divina, la cual detenta como imagen viviente del Padre. Jesucristo es señor de la majestad y Rey de los siglos, pues si fuera débil ya no sería imagen del Padre.

La Potestad infinita de Dios

Cuando recitamos el credo, comenzamos diciendo que creemos en un solo Dios todopoderoso. Lo que esto significa lo podemos profundizar atendiendo la enseñanza de san Hilario de Poitiers. En este artículo propongo un resumen de su teología al respecto.

El Doctor de Poitiers, partiendo de un dato filosófico y escriturístico, afirma como premisa básica de su pensamiento que Dios es uno y simple, que ser es lo propio suyo y que en él ha de venerarse ante todo su ser potente y eterno, en el que no cabe distinguir algo más fuerte y algo más débil. La potestad divina es perpetua e infinita, abarca todas las cosas y se ejerce plenamente en la naturaleza de ellas, tanto interior como exteriormente. Dios, fuerza y potestad viviente está en todas partes. Desgraciadamente los herejes se apartan de la verdad porque no han sabido comprender que la poderosa naturaleza de Dios no está sujeta a los límites que conciben sus mentes.

El despliegue de la potestad infinita no se realiza, sin embargo, como si
Dios fuese una unidad indiferenciada, ya que Dios Padre es el principio (ex
quo) de donde vienen a la existencia las cosas, por medio de Jesucristo (per quem), con el Espíritu Santo, don en todas ellas. Aunque en la creación al Hijo le corresponde la mediación, su causalidad es igual a la del Padre, de modo que la diferencia con él no está en la naturaleza de la potestad, sino en que la potestad del Unigénito proviene, precisamente, del Padre.

La fuerza y la potestad necesariamente se predican de Dios por el simple
hecho de ser Dios. La divinidad y el señorío pertenecen tanto al Padre como al Hijo, porque la potestad de Dios y la del Señor Jesucristo no pueden concebirse como cosas distintas. Al referirse al Padre y al Hijo, las
expresiones ex quo y per quem suponen la unidad de ambos y su igualdad en la eficiencia y, a la vez, dejan ver que la potestad infinita no reside en un ser solitario.

La fuerza necesariamente pertenece a su naturaleza de Dios, su potestad es anterior a todo y hace lo que quiere en todas partes. Sólo a él se le puede
atribuir esta potestad que da subsistencia a todo y que es la razón por la que se alaban sus obras. Los hombres, en cambio, estamos sujetos a la debilidad corporal y a la condición pecadora; hemos de reconocer y alabar la potestad infinita. Esta alabanza significa además de la admiración de la magnificencia, la conciencia de que Dios, por su santidad, ha usado su potestad en favor nuestro como sus beneficiarios. Él es justo y misericordioso, rey que se compadece y perdona, lo cual no obsta a que, la santidad deba producir al hombre también un cierto terror, a saber, el suave terror que evita restarle importancia a la diferencia entre el bien y el mal, so pretexto de que Dios es bueno.

Siendo el hombre débil, el fin último, es decir la permanencia eterna en el
Reino escatológico, sólo puede ser proporcionado a la potencia infinita de
Dios y supone, por necesidad, un mandato divino (praeceptum) específico que haga permanecer las cosas a ello destinadas porque es sólo la fuerza eterna la que les puede conceder la eternidad.