La vida pública

De los comentarios de Hilario sobre la vida pública hemos resaltado la
predicación del Bautista y el bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto y la lucha contra los demonios, las palabras y las obras de Jesús, la misión de los apóstoles y la transfiguración.

Juan el Bautista presentó a Cristo como detentor de una potestad incluso
judicial, ordenada a determinar la salvación o condenación. El bautismo fue una manifestación de la fuerza del Padre y de su comunión con el Hijo que
como hombre participaba de la fuerza divina para la remisión de los pecados
y la santificación de toda la humanidad. Para Hilario es claro que en este
misterio Cristo no recibió la unción de la fuerza en cuanto Dios, sino
precisamente en cuanto hombre.

El tentador no poseía ningún poder sobre la humanidad asumida por el Hijo,
regida por la divinidad de Cristo, es decir, por el Espíritu Santo, y por ello fue necesario que la oportunidad de tentarlo se le concediera de modo
completamente libre de parte del Señor. En este episodio, el mismo Cristo
permitió que su humanidad siguiera la condición de su naturaleza, aunque el ayuno no afectara su fuerza divina. Los cuarenta días de ayuno significaban los cuarenta días que Cristo permaneció en el mundo después de la pasión y el hambre que sintió significaba el hambre de llegar con su humanidad hasta el Padre. Era conveniente que el demonio, que había conducido a Adán a la muerte, fuera vencido por un hombre.

Los ángeles transgresores son los potentes del siglo, que eligen habitar en
quienes son débiles a causa del lujo. La lucha contra los demonios es capital
en la misión de Cristo, porque el mal al que el hombre está sometido rebasa
el nivel puramente humano. De ahí que sea tan grave la blasfemia contra el
Espíritu Santo, que atribuyendo sus obras al demonio es un insulto directo a
la potestad del Señor. Satanás sin embargo ha sido dividido, nosotros le hemos sido arrebatados y su reino viene disuelto por la irrupción de la fuerza del Reino de Dios.

La potestad de Cristo es superior no sólo a la de los demonios, sino a la de
los ángeles, no sólo porque él ha hecho todas las cosas sino porque es el Hijo
único. Por la encarnación, la humanidad asumida por el Verbo se ciñe de
fuerza y Cristo derrota al diablo, confunde a sus servidores y mantiene a raya los espíritus malignos en beneficio de los creyentes. La muerte de Cristo en la cruz supone a su vez la injusticia del demonio, su condenación y la pérdida de su poder sobre los hombres. La muerte, siendo vencidos sus autores, pierde igualmente su poder.

Las palabras de Cristo son preceptos de vida celeste dado que él es eterno.
Debemos seguir lo que manda y creer lo que promete porque sus palabras
manifiestan su potestad, tanto como para establecer entre él y nosotros un
parentesco. Ellas no están sujetas a la caducidad y contienen en sí la fuerza
para permanecer; sin embargo, para ciertas expresiones, es necesario entender las palabras de Cristo tomando en cuenta las expresiones complementarias que muestran su poder y distinguir las que fueron dichas en función de la dispensación salvadora.

Cristo, como Rey-Mesías, rige las naciones con su palabra, aleja del error
y conduce a la santidad por el temor al juez; pero no de manera tiránica. En
efecto, la firmeza y solidez vienen balanceadas por la suavidad de la doctrina que mueve a la beatitud y así, un alma engañada por la potestad del diablo puede ser rescatada por la doctrina del Verbo.

Las obras y milagros de Cristo manifestaban la fuerza divina para que se
reconociera al Verbo, anunciado por la ley. A su vez, cada obra encierra un
significado propio: El leproso simboliza la multitud con sus vicios; en el
episodio de los cerdos se encuentran representados los paganos, los saduceos, los judíos y los fieles; la hemorroisa representa a los gentiles, etc.
En contraste con la debilidad de la ley, la fuerza del Verbo no guarda
proporción con las fuerzas humanas y es capaz, por ejemplo, de curar por
contacto o incluso de hacer crecer la materia, como en el caso de la
multiplicación de los panes. Poder hacer cuanto dice pertenece al mismo ser
de Cristo, pues siendo Dios, su fuerza es infinita. Sin embargo, sus obras
despiertan reacciones diversas y la gente teme viendo que sin el perdón de los pecados le espera la muerte. Con todo, lo más admirable es que Dios por
medio de su Verbo haya concedido a los hombres la potestad, juntamente con el camino, el perdón, la resurrección y el cielo.

Es sobre todo en el episodio de la hemorroísa donde se muestra que la
fuerza divina no puede ser encerrada en las cosas caducas porque es infinita
y libre. Por medio de la fe se lleva a cabo el contacto con ella, que disipa la
superstición y cuya identificación con la luz divina viene insinuada por
nuestro autor al comentar el pasaje del exorcismo y curación del sordomudo.

El que Cristo no hiciera milagros por todas partes es una indicación de que
la fuerza está disponible sólo para los fieles. Quienes no creen, como los
fariseos o como los herejes se niegan a reconocer las obras de Cristo como
fruto de la interior fecundidad de la fuerza divina. En el fondo la falta de
arrepentimiento es falta de reconocimiento de las obras de Cristo.
Habiendo asumido Cristo la naturaleza humana, su actuación como hombre
estuvo llena de las obras de Dios, que manifestaban ambas naturalezas. La
fuerza de Dios se experimenta en lo que Cristo ha hecho y los milagros
permiten creer lo que no podemos comprender. Así, aunque las potestades en Dios son incomprensibles para nosotros, la fe es cierta por la verdad de la
eficacia en las obras.

Debe aclararse que si bien la naturaleza asumida no permite ver la
naturaleza incorpórea de Dios, en Cristo se adquiere el conocimiento de Dios por el reconocimiento de la fuerza de la naturaleza divina. El conocimiento del Hijo lleva al conocimiento del Padre, que no es un Dios solitario, ni su potestad es distinta a la del Hijo. No son dos potestades sino la misma potestad la de ambos, porque poseen la misma naturaleza. De ahí que Cristo, siendo imagen del Padre posea la potestad de ofrecer la eucaristía como alimento de vida eterna. El Hijo, que creó y sostiene las cosas, por medio de las curaciones mostraba su potestad invisible en la materia visible.

El Hijo es la fuerza misma del Padre y que Jesús no pueda hacer nada por
sí mismo sino lo que ve hacer al Padre no significa que el Hijo sea débil sino
que el origen de su autoridad es el Padre. Por hacer lo que hace el Padre le
corresponde el mismo honor que al Padre.

Para el Doctor de Poitiers, la misión de los apóstoles implica la
participación de ellos en la potestad de Cristo para realizar las obras que él
realizaba, en particular exorcizar y curar. Prefigura además la protección del
Espíritu Santo a las multitudes y la difusión de sus sucesores. Toda la potestad del Señor fue transmitida a los apóstoles, hechos así perfecta imagen y semejanza de Cristo. Quienes gracias a los apóstoles reciban la imagen y semejanza por la comunión en la verdad reinarán con el Señor.
La potestad a ellos concedida, que no les faltó ni cuando estuvieron
encarcelados, es el Reino que se les transmite por Cristo mediador. Los
apóstoles, detentando la fuerza del Espíritu Santo y simbolizados en la orla del vestido de Cristo, administran la salvación a quienes buscan su contacto. No obstante, tal potestad no opera sin la fe y se ejerce en el servicio, a ejemplo de los patriarcas y de Cristo, que dió su vida por nuestra redención.
La potestad apostólica posee también una dimensión judicial. Cuando Jesús
retorne los discípulos juzgarán a Israel y tendrán todo derecho sobre el diablo.

Durante su vida, con todo, fueron progresando en el conocimiento del Señor. Aún Judas había sido hecho príncipe del Reino futuro, como los demás apóstoles que fueron instituidos príncipes de la dispensación evangélica en cumplimiento de lo anunciado por la ley. Pedro en particular recibió las llaves del Reino no obstante su negación de Cristo.

Potencia divina y “dispensatio”

Según Hilario, la misión de Cristo ha sido dar a conocer a Dios y hacer comprender su nombre y potestad, enseñando que hay que amarlo sobre todas las cosas. El cumplimiento de esta misión supone la dispensación gradual o por pasos de los bienes que ella implica: los profetas, la encarnación, los milagros, etc. En este proceso, que viene llamado precisamente dispensación, la asunción de la humanidad por parte del Hijo de Dios es el elementoesencial. De ahí que las expresiones de Cristo deban entenderse según se refieran a la dispensación o la su potes tad divina. Todos los pasos del proceso suponen la constante intervención de dicha potestad ya desde el Antiguo Testamento y conducen a la construcción para Dios de una ciudad santa. Solamente la potestad divina del Hijo puede llevar a cabo la dispensación así entendida. Por eso, el problema de la herejía radica ante todo en la desvinculación de la obra salvadora y de la fuerza de Dios. Toda la vida de Jesús, en este sentido, es fuerza de Dios, incluida la cruz.
El Hijo, por su fuerza divina, puede comenzar a ser hombre sin dejar de ser Dios. La vinculación entre el obrar temporal y su generación y fuerza eternas viene atestiguada por el mismo Jesús, consciente de su fuerza imperturbable. La clave está en los dos componentes de Cristo, el hombre asumido (naturaleza humana de Cristo), por sí misma débil, y la naturaleza y fuerza de Dios.
Cristo por su nacimiento eterno posee una potestad congénita que le permite dar la vida a toda carne, lo cual se realiza por la suma dispensación, que consiste en que el Hijo como hombre y como Dios llega a la unidad divina no sólo restableciendo la unidad que por causa de la dispensación ya no estaba completa, sino añadiéndole su humanidad. En el proceso de la dispensación Cristo se despoja de la gloria, pero no de su naturaleza ni de su fuerza, sin cuya persistencia la misma dispensación no podría llevarse a cabo.
Por esta razón, durante la vida terrena de Cristo la naturaleza divina ejercitaba su potestad con los milagros en el modo de existir de la condición humilde asumida. Asimismo, la fuerza de la naturaleza implicaba el conocimiento de todas las cosas, incluso de las futuras y, más aún, de los mismos pensamientos del Padre, a causa de la unidad de naturaleza y voluntad de ambos. Cuando Cristo decía no saber algo, era simplemente porque
adoptaba la forma de hablar de los hombres para no dar a conocer inoportunamente algunas cosas.
Ciertamente, para Hilario, el Padre es mayor que el Hijo en cuanto al nacimiento eterno y a la petición de la gloria para la humanidad asumida, pero el Hijo no es menor porque su naturaleza es divina y porque recupera la gloria. Que el Hijo tenga un Señor se entiende también según la dispensación, es decir, tiene a Dios como Señor en cuanto a la forma de siervo que ha asumido.
El término del proceso de la dispensación ha sido completado ya en
Jesucristo, pues su naturaleza humana ha sido llevada a la gloria y la mortalidad ha sido absorbida por la inmortalidad. Para el resto de los hombres en cambio, es necesario todavía esperar la plenitud.

La Potestad infinita de Dios

Cuando recitamos el credo, comenzamos diciendo que creemos en un solo Dios todopoderoso. Lo que esto significa lo podemos profundizar atendiendo la enseñanza de san Hilario de Poitiers. En este artículo propongo un resumen de su teología al respecto.

El Doctor de Poitiers, partiendo de un dato filosófico y escriturístico, afirma como premisa básica de su pensamiento que Dios es uno y simple, que ser es lo propio suyo y que en él ha de venerarse ante todo su ser potente y eterno, en el que no cabe distinguir algo más fuerte y algo más débil. La potestad divina es perpetua e infinita, abarca todas las cosas y se ejerce plenamente en la naturaleza de ellas, tanto interior como exteriormente. Dios, fuerza y potestad viviente está en todas partes. Desgraciadamente los herejes se apartan de la verdad porque no han sabido comprender que la poderosa naturaleza de Dios no está sujeta a los límites que conciben sus mentes.

El despliegue de la potestad infinita no se realiza, sin embargo, como si
Dios fuese una unidad indiferenciada, ya que Dios Padre es el principio (ex
quo) de donde vienen a la existencia las cosas, por medio de Jesucristo (per quem), con el Espíritu Santo, don en todas ellas. Aunque en la creación al Hijo le corresponde la mediación, su causalidad es igual a la del Padre, de modo que la diferencia con él no está en la naturaleza de la potestad, sino en que la potestad del Unigénito proviene, precisamente, del Padre.

La fuerza y la potestad necesariamente se predican de Dios por el simple
hecho de ser Dios. La divinidad y el señorío pertenecen tanto al Padre como al Hijo, porque la potestad de Dios y la del Señor Jesucristo no pueden concebirse como cosas distintas. Al referirse al Padre y al Hijo, las
expresiones ex quo y per quem suponen la unidad de ambos y su igualdad en la eficiencia y, a la vez, dejan ver que la potestad infinita no reside en un ser solitario.

La fuerza necesariamente pertenece a su naturaleza de Dios, su potestad es anterior a todo y hace lo que quiere en todas partes. Sólo a él se le puede
atribuir esta potestad que da subsistencia a todo y que es la razón por la que se alaban sus obras. Los hombres, en cambio, estamos sujetos a la debilidad corporal y a la condición pecadora; hemos de reconocer y alabar la potestad infinita. Esta alabanza significa además de la admiración de la magnificencia, la conciencia de que Dios, por su santidad, ha usado su potestad en favor nuestro como sus beneficiarios. Él es justo y misericordioso, rey que se compadece y perdona, lo cual no obsta a que, la santidad deba producir al hombre también un cierto terror, a saber, el suave terror que evita restarle importancia a la diferencia entre el bien y el mal, so pretexto de que Dios es bueno.

Siendo el hombre débil, el fin último, es decir la permanencia eterna en el
Reino escatológico, sólo puede ser proporcionado a la potencia infinita de
Dios y supone, por necesidad, un mandato divino (praeceptum) específico que haga permanecer las cosas a ello destinadas porque es sólo la fuerza eterna la que les puede conceder la eternidad.