La pasión de Cristo

Hilario muestra que la pasión, profetizada en los salmos, apuntaba hacia la potestad y la gloria porque el Señor, verdadero David, siendo de condición divina se hizo humilde y obediente, y así recibió el primado de toda potestad. El demonio por su parte trató de evitar el don divino del reconocimiento de la divinidad en la humanidad de Cristo haciendo parecer increíble a los discípulos que Cristo sufriera. Contra esta acción demoniaca, los anuncios de la pasión, en cuanto que revelaban la fuerza de la resurrección, permitieron que los discípulos fueran gradualmente captando que por la cruz se puede llegar al Reino de los cielos.

Antecedente casi inmediato de su pasión es la entrada en Jerusalén. Jesús con su poder redentor entró en la ciudad como heredero del Reino eterno e Hijo de David, rey también de los paganos, representados en su cabalgadura. Ya en la ciudad, la expulsión de los mercaderes del templo, que prefiguraba la potestad de Cristo en su Iglesia, suscitó la envidia de los jefes de los sacerdotes y las preguntas de los fariseos, que contrastaban con la acogida del Reino de parte de los pequeños.

Jesús entonces, en el discurso escatológico, enseñó cuáles serían los signos que indicarían la gloria de su venida futura y enseñó además que así como el grano de mostaza se convierte en árbol y la piedra mencionada en el libro de Daniel se convierte en una montaña (cf. Dn. 2, 35), así también de la humildad de la muerte resultaría la gloria de Dios. Cristo gozaba de la potestad de dar el alimento para la eternidad pues poseía la plenitud de la forma del Padre, es decir detentaba la potestad divina. En la cena, la eucaristía, de la que Judas fue excluido, quedaba vinculada al Reino futuro según la promesa del Señor, que hizo ver que en ella las fuerzas de los misterios divinos llevarían a la gloria celeste, simbolizada en la subsecuente subida al monte. Con todo Jesús no dejó de advertir a sus discípulos sobre la debilidad de la carne.

Está claro para Hilario que la aflicción y el miedo no pueden afectar a Dios. En Cristo no podía atribuirse debilidad a la naturaleza divina, porque la debilidad de la carne asumida no debilitaba la fuerza de la sustancia incorrupta. Por lo tanto, en el huerto Cristo no temía a la muerte como si ésta fuese a afectar su naturaleza divina, es decir, no temía ningún daño a su divinidad, sino a la posibilidad de que los discípulos renegaran de él mientras no fuera confirmada su fe por la fuerza de la resurrección. De ahí que pidiera al Padre que los apóstoles recibieran la firmeza necesaria para vencer al diablo. Ningún hombre tenía la fuerza para beber el cáliz pero Jesús lo hizo por nosotros, clavando en la cruz nuestras debilidades. Para nuestro autor, en el huerto fue Jesús mismo quien concedió a Judas el poder de entregarlo, pues de otro modo éste no hubiera podido hacerlo, ya que la potestad es necesario recibirla de aquel a quien pertenece.

Vienen más adelante los interrogatorios y luego las burlas. Tanto en el interrogatorio del Sanedrín como en el de Pilatos, que representaban uno a los judíos y el otro a los gentiles, la cuestión versaba sobre la confesión de la condición regia de Cristo. Paradójicamente, por el significado de los objetos con los que Cristo fue objeto de burla, fue al mismo tiempo objeto de adoración.

Se llega entonces al paso de la crucifixión, cuando la cruz fue puesta en el centro de la tierra y convertida en vértice de todo como posibilidad de abrazar el conocimiento de Dios, la humanidad quedó llamada al misterio de la pasión ante la cual unos quedarán a la derecha y otros a la izquierda y los signos impresionantes que acompañaron la muerte de Cristo manifestaron la penetrante potencia de Dios, que arrancaba a la muerte lo que había expoliado y hacía despertar la fe del centurión, que reconocía la naturaleza de la fuerza en los milagros de la pasión.

En sí, la muerte de Cristo rebasa cuanto la mente humana puede abarcar. Él canceló por medio de ella nuestra condena y humilló las potestades, llevando a cabo un hecho excepcional de la potestad divina en orden a la resurrección, ya que el paso de una a otra sólo Dios lo puede realizar. Existe una línea coherente de acción de la potencia divina desde la encarnación y la vida pública, pasando por la pasión y el descenso a los infiernos, que culminará en la resurrección y la ascensión.

Cristo murió en la cruz y vivificó toda carne. Nacido del Espíritu Santo, clavó en el madero las fuerzas enemigas, aniquiló la muerte y confirmó nuestra esperanza con la resurrección. Ya que la muerte era la consumación de la existencia de en la carne, pidió ser glorificado para que la carne empezara a ser para el Padre lo que era el Verbo y la corrupción se absorbiera y transformara en fuerza. Dios murió para que ninguna potencia se pusiera frente a él ni usurpase la fuerza. En la pasión, permaneciendo en Dios, triunfó nuestra humanidad y fueron sometidas las potestades del mal.

Para el doctor de Poitiers, la libre potestad de morir y resucitar de Jesús excluía el temor al dolor y a la muerte, con mayor razón si la cruz le iba a permitir regresar al Reino. Cristo tampoco temió descender a los infiernos porque era un acto de potestad y no puede separarse su naturaleza invisible para decir que sufría en el infierno mientras reinaba en el paraíso. En efecto, el buen ladrón aprendió lo que era el Reino por el dolor que sufrió el cuerpo de Cristo. Así, para Hilario, aunque la pasión afectó su cuerpo, no le produjo verdadero dolor porque la fuerza divina quitaba la debilidad del cuerpo. En cuanto hombre Cristo padeció las debilidades, pero en ellas triunfó como Dios. Tenía el sentimiento del temblor por la debilidad humana; pero estaba seguro y confiado por la conciencia de la divinidad. Cuando como hombre dijo que era abandonado, estaba reinando como Dios, pues reinando moría y muerto reinaba.

Quien determinó padecer tomando el temblor y temor con la fuerza de su naturaleza divina fue Cristo mismo. No obstante, Hilario puede decir también que dar la vida y volver a tomarla es un mandato del Padre, a quien Cristo reservaba el honor a la majestad, de ahí que la voz del abandonado sea precisamente predicación de la fuerza del Padre.

Según nuestro autor, el verdadero mensaje de la pasión es que en Dios no hay debilidad sino que Cristo tomó la forma de siervo. El Hijo puso su fuerza en la humanidad asumida, de modo que la debilidad no era natural de Dios, sino asumida en orden a la pasión. Parecía que sufría, porque padeció, pero no tenía dolor por ser Dios. En la cruz, Jesús triunfa sobre todas las fuerzas y potestades, pacificando todas las cosas. A su muerte seguirá la resurrección como retribución que dona la gloria al cuerpo asumido.

La vida pública

De los comentarios de Hilario sobre la vida pública hemos resaltado la
predicación del Bautista y el bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto y la lucha contra los demonios, las palabras y las obras de Jesús, la misión de los apóstoles y la transfiguración.

Juan el Bautista presentó a Cristo como detentor de una potestad incluso
judicial, ordenada a determinar la salvación o condenación. El bautismo fue una manifestación de la fuerza del Padre y de su comunión con el Hijo que
como hombre participaba de la fuerza divina para la remisión de los pecados
y la santificación de toda la humanidad. Para Hilario es claro que en este
misterio Cristo no recibió la unción de la fuerza en cuanto Dios, sino
precisamente en cuanto hombre.

El tentador no poseía ningún poder sobre la humanidad asumida por el Hijo,
regida por la divinidad de Cristo, es decir, por el Espíritu Santo, y por ello fue necesario que la oportunidad de tentarlo se le concediera de modo
completamente libre de parte del Señor. En este episodio, el mismo Cristo
permitió que su humanidad siguiera la condición de su naturaleza, aunque el ayuno no afectara su fuerza divina. Los cuarenta días de ayuno significaban los cuarenta días que Cristo permaneció en el mundo después de la pasión y el hambre que sintió significaba el hambre de llegar con su humanidad hasta el Padre. Era conveniente que el demonio, que había conducido a Adán a la muerte, fuera vencido por un hombre.

Los ángeles transgresores son los potentes del siglo, que eligen habitar en
quienes son débiles a causa del lujo. La lucha contra los demonios es capital
en la misión de Cristo, porque el mal al que el hombre está sometido rebasa
el nivel puramente humano. De ahí que sea tan grave la blasfemia contra el
Espíritu Santo, que atribuyendo sus obras al demonio es un insulto directo a
la potestad del Señor. Satanás sin embargo ha sido dividido, nosotros le hemos sido arrebatados y su reino viene disuelto por la irrupción de la fuerza del Reino de Dios.

La potestad de Cristo es superior no sólo a la de los demonios, sino a la de
los ángeles, no sólo porque él ha hecho todas las cosas sino porque es el Hijo
único. Por la encarnación, la humanidad asumida por el Verbo se ciñe de
fuerza y Cristo derrota al diablo, confunde a sus servidores y mantiene a raya los espíritus malignos en beneficio de los creyentes. La muerte de Cristo en la cruz supone a su vez la injusticia del demonio, su condenación y la pérdida de su poder sobre los hombres. La muerte, siendo vencidos sus autores, pierde igualmente su poder.

Las palabras de Cristo son preceptos de vida celeste dado que él es eterno.
Debemos seguir lo que manda y creer lo que promete porque sus palabras
manifiestan su potestad, tanto como para establecer entre él y nosotros un
parentesco. Ellas no están sujetas a la caducidad y contienen en sí la fuerza
para permanecer; sin embargo, para ciertas expresiones, es necesario entender las palabras de Cristo tomando en cuenta las expresiones complementarias que muestran su poder y distinguir las que fueron dichas en función de la dispensación salvadora.

Cristo, como Rey-Mesías, rige las naciones con su palabra, aleja del error
y conduce a la santidad por el temor al juez; pero no de manera tiránica. En
efecto, la firmeza y solidez vienen balanceadas por la suavidad de la doctrina que mueve a la beatitud y así, un alma engañada por la potestad del diablo puede ser rescatada por la doctrina del Verbo.

Las obras y milagros de Cristo manifestaban la fuerza divina para que se
reconociera al Verbo, anunciado por la ley. A su vez, cada obra encierra un
significado propio: El leproso simboliza la multitud con sus vicios; en el
episodio de los cerdos se encuentran representados los paganos, los saduceos, los judíos y los fieles; la hemorroisa representa a los gentiles, etc.
En contraste con la debilidad de la ley, la fuerza del Verbo no guarda
proporción con las fuerzas humanas y es capaz, por ejemplo, de curar por
contacto o incluso de hacer crecer la materia, como en el caso de la
multiplicación de los panes. Poder hacer cuanto dice pertenece al mismo ser
de Cristo, pues siendo Dios, su fuerza es infinita. Sin embargo, sus obras
despiertan reacciones diversas y la gente teme viendo que sin el perdón de los pecados le espera la muerte. Con todo, lo más admirable es que Dios por
medio de su Verbo haya concedido a los hombres la potestad, juntamente con el camino, el perdón, la resurrección y el cielo.

Es sobre todo en el episodio de la hemorroísa donde se muestra que la
fuerza divina no puede ser encerrada en las cosas caducas porque es infinita
y libre. Por medio de la fe se lleva a cabo el contacto con ella, que disipa la
superstición y cuya identificación con la luz divina viene insinuada por
nuestro autor al comentar el pasaje del exorcismo y curación del sordomudo.

El que Cristo no hiciera milagros por todas partes es una indicación de que
la fuerza está disponible sólo para los fieles. Quienes no creen, como los
fariseos o como los herejes se niegan a reconocer las obras de Cristo como
fruto de la interior fecundidad de la fuerza divina. En el fondo la falta de
arrepentimiento es falta de reconocimiento de las obras de Cristo.
Habiendo asumido Cristo la naturaleza humana, su actuación como hombre
estuvo llena de las obras de Dios, que manifestaban ambas naturalezas. La
fuerza de Dios se experimenta en lo que Cristo ha hecho y los milagros
permiten creer lo que no podemos comprender. Así, aunque las potestades en Dios son incomprensibles para nosotros, la fe es cierta por la verdad de la
eficacia en las obras.

Debe aclararse que si bien la naturaleza asumida no permite ver la
naturaleza incorpórea de Dios, en Cristo se adquiere el conocimiento de Dios por el reconocimiento de la fuerza de la naturaleza divina. El conocimiento del Hijo lleva al conocimiento del Padre, que no es un Dios solitario, ni su potestad es distinta a la del Hijo. No son dos potestades sino la misma potestad la de ambos, porque poseen la misma naturaleza. De ahí que Cristo, siendo imagen del Padre posea la potestad de ofrecer la eucaristía como alimento de vida eterna. El Hijo, que creó y sostiene las cosas, por medio de las curaciones mostraba su potestad invisible en la materia visible.

El Hijo es la fuerza misma del Padre y que Jesús no pueda hacer nada por
sí mismo sino lo que ve hacer al Padre no significa que el Hijo sea débil sino
que el origen de su autoridad es el Padre. Por hacer lo que hace el Padre le
corresponde el mismo honor que al Padre.

Para el Doctor de Poitiers, la misión de los apóstoles implica la
participación de ellos en la potestad de Cristo para realizar las obras que él
realizaba, en particular exorcizar y curar. Prefigura además la protección del
Espíritu Santo a las multitudes y la difusión de sus sucesores. Toda la potestad del Señor fue transmitida a los apóstoles, hechos así perfecta imagen y semejanza de Cristo. Quienes gracias a los apóstoles reciban la imagen y semejanza por la comunión en la verdad reinarán con el Señor.
La potestad a ellos concedida, que no les faltó ni cuando estuvieron
encarcelados, es el Reino que se les transmite por Cristo mediador. Los
apóstoles, detentando la fuerza del Espíritu Santo y simbolizados en la orla del vestido de Cristo, administran la salvación a quienes buscan su contacto. No obstante, tal potestad no opera sin la fe y se ejerce en el servicio, a ejemplo de los patriarcas y de Cristo, que dió su vida por nuestra redención.
La potestad apostólica posee también una dimensión judicial. Cuando Jesús
retorne los discípulos juzgarán a Israel y tendrán todo derecho sobre el diablo.

Durante su vida, con todo, fueron progresando en el conocimiento del Señor. Aún Judas había sido hecho príncipe del Reino futuro, como los demás apóstoles que fueron instituidos príncipes de la dispensación evangélica en cumplimiento de lo anunciado por la ley. Pedro en particular recibió las llaves del Reino no obstante su negación de Cristo.